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miércoles, 4 de abril de 2007

El sentido común el menos común de los sentidos

Imagino que todos alguna vez habrán dicho eso de "la comida no se tira, que hay mucha gente que pasa hambre" o "con la comida no se juega". A mí personalmente se me revuelve el estómago viendo cómo en muchos restaurantes, centros comerciales, etc, se desperdician toneladas de comida, cuando tantos millones de personas en este mundo tienen que subsistir con unos pocos granos de arroz durante semanas. Parece lógico pensar que cualquier persona con un mínimo de decencia se sentirá invadida por los mismos sentimientos cuando ve ciertas imágenes con las que nos bombardean los telediarios a la hora de comer, y que desgraciadamente de tanto verlas han pasado a ser cotidianas y no afectarnos.
¿ Y por qué ésto que parece lógico cuando hablamos de comida, no lo parece tanto cuando hablamos de agua?, ¿ por qué se tiran al mar hectómetros cúbicos de agua cuando hay zonas de España donde hace tanta falta?, ¿ por qué tirar agua dulce al mar, convertirla en salada y volver luego a desalarla echando a la atmósfera millones de toneladas de CO2?.
No voy a entrar ahora en las disquisiciones técnicas de si desaladoras o trasvase ( aunque invito a cualquiera que quiera entrar en ello que lo plantee), tampoco voy a entrar en el necesario debate de la política del agua de este país, que lamentablemente incide sobre la oferta, pero no lo hace sobre la demanda, que es el verdadero problema. En cualquier caso parece de sentido común que si un recurso natural, un bien excaso como es el agua se envíe de las zonas excedentarias a las deficitarias. Claro, que en este país no habíamos contado con un Gobierno que no actúa con lógica, y que, además, tiene deudas que pagar con los nacionalismos catalanes.
Y hablando de pagos, finalmente se ha materializado el último de una serie que temo no terminará aquí. Parece que el culebrón Endesa ha terminado, y el Gobierno no ha tenido ni un solo reparo en despedazar la más grande energética de España, con tal de ceder un trocito del pastel a sus amigos catalanes a través de Gas Natural. No le ha importado tampoco destrozar la imagen internacional de España, si es que podía estar más vilipendiada, a pesar de que la labor del Gobierno buscando "aliados de talla internacional ha sido encomiable". El problema es que los platos rotos los pagamos los de siempre, la gente de a pie, los contribuyentes, los trabajadores, que vemos como la imagen de España como receptora de posibles inversiones se ve relegada a la altura a la que están otras "democracias" de nuestro entorno político, tales como Venezuela o Bolivia, donde las garantías legales sobre cualquier inversión han pasado a ser historias de ciencia ficción. Las consecuencias de todo ésto se reducen a dos: menos empleo y salarios más bajos. Claro, que los políticos no creo que noten mucho el ajuste del cinturón.